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Educación fuera del Aula
La educación es un proceso evolutivo y constante, desde que el ser humano nace y se transforma en un ser aeróbico que intenta adaptarse a este mundo y sobrevivir. Esta tentativa nos conduce a aprender con una permanencia y retroalimentación que no posee ser alguno. De esta forma, como seres humanos no nos enseñoreamos de este mundo precisamente por estar dotados de capacidades intelectuales irrepetibles –cual es la creación del pensamiento en todas sus sofisticadas manifestaciones, hasta constituirse en la maravilla del lenguaje-. Nuestro mayor don es la capacidad de aprender y dentro de este aprendizaje: la capacidad de desaprender y reaprender, retroalimentación que nos sublima como seres espirituales.
Pese a que el ser humano es, además, poseedor de una naturaleza esencialmente social, ésta se agota en sí misma si, consecuentemente, no es capaz de aprender, asimilar, internalizar y expresar conductas sociales en esencia buena y positiva, independientemente de las valoraciones morales que caractericen a la sociedad que informalmente lo educa, socializándolo a partir de su más tierna edad.
Si la socialización se entiende como un proceso señalado por el nacimiento y la muerte de la persona humana, bien pudieran enriquecerlo, optimizando las valoraciones y los espacios de formación cívica y de desarrollo emocional que se le entregan a los agentes informales de educación, especialmente los que tienen relación con la familia, la comunidad y los medios de comunicación -paralelamente al impulso de estructura e inversión que debiera acompañar a los presupuestos destinados a los ministerios de Educación.
Dentro de este contexto, las políticas de los pueblos debieran beneficiar, en todos los ámbitos una mejora en la calidad de vida social y familiar, que reforzara al sistema escolar instituido. Indudablemente, esta mejoría no debiera estar ordenada en conformidad con una normativa correctiva y hasta punitiva –como lo han establecido muchos estudiosos de la Educación, a través de la historia de la humanidad.
Todo enriquecimiento debiera formularse, lejos de la norma, a partir del ejemplo y del modelo tutelar, uno que transversalmente educara en la internalización de valores superiores, ayudando a desarrollar la amabilidad, la honestidad, la responsabilidad y gratitud, entre un sin fin de valores de gran trasfondo al momento de educar hacia el amor y el crecimiento personal, la madurez psicoemocional y la responsabilidad cívica.
Un pueblo ocupado en el desarrollo de sus nuevas generaciones debiera, lejos de pre-ocuparse ocuparse de que sus gobernantes estimulen y aceleren la promulgación de leyes que aseguren jurídicamente los derechos y las obligaciones de los ciudadanos, dentro del contexto de una vida social sana y positiva -donde la honestidad y la equidad social sean parte de la responsabilidad integral del colectivo humano.
Independientemente de sus intereses económicos, todos los gobernantes debieran estimular el desarrollo de los hábitos positivos de sus pueblos, invirtiendo en proyectos que favorezcan la laboriosidad, la honradez, el sentido de superación, la solidaridad, etc, de las actuales y futuras generaciones.
Toda sociedad debiera entregar a sus ciudadanos la posibilidad de crecer espiritualmente y respetar para ello, la libertad de credos y cultos, estableciendo instancias nacionales, jornadas y especialmente una instancia de respeto del tiempo laboral y personal de cada familia, para que crezca, desde un punto de vista interior –más allá del simple poder de adquisición económica en que se afanan los padres y jefes familiares.
En toda esta empresa, en lo que más tendría que invertir cualquier gobierno sería en la buena voluntad de asumir el cambio que tarde o temprano se dará, puesto que la evolución del ser persona no espera por la promulgación de unas cuantas leyes y busca por si misma, los caminos para reandar.
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